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Watchavato – Esto no es StreetArt

Publicado el julio 22, 2015 por Circuito Andante

Se llama Luis Romero, pero todos lo conocen como el Watchavato, y sí es culichi, de Culiacán pues, del meritito Sinaloa.

Y aunque es reconocido fuera de México como uno de los mayores representantes de la narcocultura, el artista sinaloense asegura en entrevista con Domingo que su trabajo aborda los recuerdos, la infancia y una cultura del noroeste que no necesariamente tiene que ver con el crimen.

Watchavato

Luis Romero ya era conocido como Watchavato —una frase en splanglish común en Sinaloa que significa “mira a ese chico”— cuando tuvo un accidente de coche en el Distrito Federal. Era 2007. Salía de su estudio en la colonia Roma con su amigo Rafael Ortiz y en el camino, en el cruce de Álvaro Obregón y Monterrey, justo enfrente de una tienda de alquiler de películas, un automóvil se estampó contra ellos. Ortiz murió. Romero no podía sentir sus piernas. En ese momento sólo pensó en el santo sinaloense: “Malverde házme que camine y yo te hago una manda”. Volvió a caminar.

Es imposible entonces hablar de Watchavato, un hombre rollizo, de barba pelirroja, que siempre se tapa la cara con una gorra, sin relacionarlo con Jesús Malverde, el santo, en cuya capilla hay fotos de campos de amapola, cientos de placas de agradecimientos de presuntos narcotraficantes y dólares pegados en las paredes. Durante más de 20 años de trabajo como artista urbano, Luis Romero ha tapizado las paredes de Francia, Australia, Italia y Estados Unidos —por nombrar solo algunos países—, con la cara o nombre del patrono. Pero para él, la figura de Malverde no tiene que ver con el narcotráfico sino con la familia. Su madre se acercaba al templo como si Malverde fuera su padre. Así que desde niño, él empezó a verlo como algo íntimo, personal. “Es como mi abuelo el vato”, cuenta Watchavato, quien ha salido al mundo como un artista que representa a la narcocultura, aunque en realidad, dice, está cansado de ella.

El sinaloense empezó a pintar a personajes como Malverde porque había crecido con ellos. En aquel momento no entendía la relación de la política o del sistema con el narco. Sus paredes llenas de nostalgia hablaban de lo que él veía. Sus letras eran de armas, marihuana, corridos y de todo lo que pasaba en Culiacán. Pero su intención era homenajear a su ciudad. “Lo que yo hacía no era apología, nunca he dicho que esté bien, pero sí soy un vocero o un vato que cuenta historias de su contexto, no lo podía negar”.
Hasta que un día se cansó.

Watchavato
Hace unos años, cuando la revista Proceso sacó Narcoméxico, un especial de tres números sobre cómo el crimen organizado empezaba a hacerse de todo el país, el graffitero sinaloense aparecía en una de esas ediciones como uno de los máximos exponentes de la narcocultura. Pero en el resto de las páginas se encontró con reportajes sobre asesinatos, descabezados, narcomantas y desaparecidos. “Cuando vi la revista de principio a fin me di cuenta que yo no quería estar ahí y que se pensara que mi trabajo era solamente eso”, recuerda un Luis Romero horrorizado.
El artista, que se vestía de narco unos años atrás, renunció por completo a la narcocultura.
Cuando renunció a la narcocultura, le dedicó una serie a sus amigos. Luis Romero vivió el Culiacán en que la gente se convertía en narco o se iba a Estados Unidos.
Él nunca se fue. Pero vio volver a todos sus amigos convertidos en cholos o pandilleros, que hablaban splanglish. Al verlos regresar a Culiacán, encontró la manera de dejar de lado la parte que trabaja sobre narcocultura y se centró en una nueva serie: “Mi clica es primero”, en la cual hacía un homenaje a esos hombres migrantes que habían regresado a México transformados. Los pintó de pies a cabeza, habla de ellos y dice sus nombres, los pintó por todo Culiacán y los llevó hasta Tijuana. No quería exponer esta serie en la Ciudad de México porque era una serie que iba al norte. Tenía que subir.
Pero llegó un momento en el que su arte se volvió como aquella novia que quieres demasiado pero de la que tienes que alejarte.

La reflexión lo llevó a pensar: “Esto no es street art”. Y así tituló su siguiente exposición. A sus 43 años, nació un Watchavato crítico consigo mismo, que ya no encajaba en las corrientes urbanas actuales, en las que un artista se cuelga de una grúa de dos metros y pasa horas pintando un graffiti en una pared. “Para mí eso ya no es street art, es un muralismo en gran formato, una nueva corriente de muralismo. Yo no entro en esa movida, pero lo hacen muy bien”.
Watchavato empezó a pintar las paredes con lo que no consideraba arte. Empezó con una serie sobre esto no es esto. Escribía: “This is not a good graffiti” en un muro limpio con una tipografía perfecta y estilística. Entró en una etapa de cambio.

Watchavato

El street art se convirtió en una forma de nostalgia: “Extrañaré siempre el arte urbano como un movimiento de rebelión”, sentencia con un taco en la mano. Su última obra, expuesta hace unos días en Los Ángeles, es un papel blanco, enmarcado, en negro, firmado y sellado con una máquina láser de lado a lado, en la que sobresale la frase: “This is not a good idea”.

TEXTO ALEJANDRA S. INZUNZA / FOTOGRAFÍA ENRIQUE SERRATO FRÍAS

Texto extraído de aquí

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